Daniel López Rosetti: “El hacerse mala sangre puede mitigarse si uno adopta una visión estoica frente a las frustraciones diarias”


Daniel López Rosetti , médico cardiólogo, advierte que “hacerse mala sangre” no es un mero dicho popular: el estrés crónico activa una inflamación de bajo grado que recorre el organismo y aumenta el riesgo de hipertensión, arritmias y diabetes.

Esa reacción, dice, opera como un “chichón interno” constante: no se ve, pero desgasta día a día.

Para el especialista, el objetivo realista no es eliminar los problemas, sino impedir que cada contratiempo dispare una descarga hormonal prolongada.

La estrategia combina una mirada estoica —concentrarse en lo que depende de uno— y dos pilares conductuales: movimiento diario y sueño reparador. «No hay que ser mejor que otros, sino mejor que ayer», resume en sus conferencias.

El cardiólogo describe la jornada como una tanza llena de anzuelos: embotellamientos, mensajes agresivos, plazos laborales imposibles.

“El estresado se los traga todos; quien se conoce suelta los que no valen la pena”, grafica. Para cortar el efecto cascada propone tres pasos concretos: detenerse unos segundos y respirar antes de contestar, preguntarse si la situación depende realmente de uno y, si la respuesta es no, decidir soltar el anzuelo.

Cuando la irritación persiste, el organismo libera cortisol y adrenalina; sostenidas, esas hormonas alimentan la inflamación silenciosa. Una revisión de la Mayo Clinic muestra que el ejercicio moderado reduce esos picos hormonales y refuerza el sistema inmune.

En ese sentido, Rosetti aconseja caminar a paso vivo, pedalear o trabajar con bandas elásticas treinta minutos al día. El segundo eje es el sueño: entre siete y nueve horas continuas estabilizan el sistema nervioso, como destaca la Harvard Health.

La Organización Mundial de la Salud fija una meta mínima de 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada. Cinco caminatas breves bastan para cumplirla y funcionan como un ansiolítico natural sin contraindicaciones.

El enfoque de Rosetti dialoga con la escuela fundada por Zenón de Citio en el siglo III a. C., que distingue entre lo que podemos gobernar y lo que está fuera de nuestro control.

Epicteto lo resumió en el Enquiridión y Marco Aurelio lo convirtió en práctica cotidiana al escribir que “la perturbación no está en las cosas, sino en el juicio que hacemos de ellas”. Un metaanálisis de Frontiers in Psychology halló que las personas que aplican esa división muestran menores niveles de cortisol y mayor sensación de bienestar tras escenarios de presión.

Trasladado al presente, el principio sugiere dejar de rumiar sobre el tránsito, el clima o la opinión ajena y redirigir la energía hacia decisiones propias: alimentarse mejor, moverse, dormir, pedir ayuda. Esa selección —señala Rosetti— libera recursos cognitivos y emocionales que antes se perdían en batallas imposibles.

Planificar de antemano “cuántos anzuelos morder” ayuda a frenar la reactividad automática.

Un atajo práctico es el “semáforo interno”: rojo para detenerse y respirar, amarillo para evaluar control y verdes solo si la respuesta aporta algo positivo. Pausas breves de estiramiento cada dos horas reducen la tensión muscular y sirven de recordatorio corporal.

El movimiento regular completa la defensa. Además de amortiguar el estrés, caminar mejora la oxigenación cerebral y protege la masa muscular; ejercicios de fuerza adaptados sostienen la estabilidad articular, clave para llegar a la vejez con autonomía.

El descanso consolida el aprendizaje emocional: revisar al final del día qué anzuelos se evitaron y qué se puede soltar mañana robustece la resiliencia.

Aceptar lo inevitable, actuar sobre lo posible y cuidar el cuerpo con hábitos simples —propone López Rosetti— no garantizan una vida sin problemas, pero sí una rutina con menos inflamación y más margen para disfrutar lo que importa.

Fuente: www.clarin.com

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